sábado, 25 de diciembre de 2010

Dialéctica navideña

- ¿Por qué sonríes tanto, si puede saberse?
- Porque es Navidad.
- ¿Y eso nos obliga a todos a estar felices?
- Me parece una excusa tan buena como cualquier otra para intentar estarlo.
- El mundo rebosa de amor y felicidad durante unos días, y luego qué… ¿A dónde van los buenos deseos?
- Más vale tenerlos unos días que no tenerlos…
- Eso es una hipocresía. Además, no me digas que no dan ganas de salir corriendo… Las multitudes consumistas, los atascos…
- Las ciudades preciosas para pasearlas de noche…
- Subir la cuesta de Enero con algún kilito de más, la triste vuelta a la rutina…
- Lo que hace especial a la Navidad es su carácter efímero.
- Es como una de esas estrellas de cartón que solo brilla por una de sus caras…
- Qué poquito espíritu navideño tienes…
- ¿A comprar compulsivamente y comer como si se fuera a acabar el mundo le llamas espíritu navideño?
- Es bonito hacer y recibir regalos, compartir veladas con la familia…
- ¿No has pensado en los que no pueden permitirse esos dispendios? ¿Y en los que están más solos que la una?
- Supongo que para ellos estas fiestas son una putada. Pero creo que para la mayoría son días felices y que aportan una dosis de ilusión necesaria.
- ¿Qué me dices de las ausencias?
- Es un daño colateral. También hay reencuentros emotivos.
- Y vomitivos…
- Cállate ya, no soporto más negatividad…
- Soy tu conciencia. No puedo callarme…
- Pues habla más bajito…
- Feliz Navidad.
- Eso puedes decirlo en alto…

A todos, de corazón, FELIZ NAVIDAD.

Navegando

En mi barquito de vela
surqué anoche tu mar
y fue tan bonito el sueño
que no quise despertar

Volver a casa por Navidad

Hoy recuerdos contradictorios se agolpan en mi memoria, como si quisieran competir entre ellos. Un 17 de Diciembre fue uno de los días más tristes de mi vida. Paradójicamente, otro 17 de Diciembre fue uno de los más felices. Y no es que quiera olvidar el primero, porque es imposible olvidar a una persona que me idolatraba… pero de alguna manera el segundo llegó como un regalo compensatorio y quiere imponerse.
Lo tengo grabado minuto a minuto… La mañana soleada, las seis horas de autobús con un capuccino de vainilla y “El cuaderno dorado” de Doris Lessing, “El arte de conversar” de Wilde en el aeropuerto, “Tsugumi” de Banana Yoshimoto en el avión… Las compras de última hora para las que tuve toda la tarde, porque habían retrasado diez horas mi vuelo… Y sobretodo la ilusión de volver a casa por Navidad. Con un encuentro maravilloso de por medio…
Después de unos días inusualmente cálidos ha vuelto el frío. En general lo detesto, pero admito que una Navidad sin frío no parece Navidad. Y si nevara mejor todavía, como en las que dibujaba Dickens o Louisa May Alcott. Aunque acabáramos hasta las narices de nieve…
Los días previos a la Navidad siempre han tenido para mí algo especial. La inminencia de un momento bonito que me gustaría postergar un poco más, que parece que todos los años llega sin avisar. Quizás porque se anuncia tanto que ya es como el cuento del pastor y el lobo… Así que me cuesta creer que en solo unos días sea Nochebuena, esa noche en la que muchos intentamos recrear ese mundo hecho de referencias propias y prestadas e impregnarnos del espíritu oportuno.
A mí me gustaría volver todos los años a casa por Navidad, lo que no es posible sin haberme ido antes. Vale que estoy nostálgica perdida… Como dice Sabina (sí, ya sé que lo cito demasiado…), “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Pero resulta que he constatado lo mágico que es… Los reencuentros, los redescubrimientos… Es curioso como se le abren los brazos al que llega mientras que apenas se repara en quien tenemos al lado todos los días…
Fantasías a parte, lo que en el fondo deseamos la mayoría para estas fechas es que la gente a la queremos esté bien y podamos reunirnos como todos los años. Así que yo personalmente me conformo con eso…

La nevada

El día había amanecido gélido y despejado, típico del invierno granadino. Probablemente si hubiera estado nublado me habría quedado en casa. La lluvia era uno de los escasos fenómenos con la capacidad de paralizarme por completo. En cambio los rayos de sol que se filtraban a través de la ventana de mi cocina mientras preparaba el café y hojeaba el periódico, me incitaron a planear una excursión. Sería un paseo de pocos kilómetros por las inmediaciones del pico Trevenque con el fin de estirar un poco las piernas, respirar aire puro y recoger algunas piñas para la decoración navideña.
Apenas llevaba unos veinte minutos andando cuando el cielo se encapotó. Como tenía un chubasquero decidí continuar. No tardaron en empezar a caer finos copos de nieve. También arreció la ventisca, obligándome a detenerme. No me quedaba otra opción lógica que dar la vuelta. El problema era que apenas veía. Si daba un mal paso podía despeñarme… pero si me quedaba quieta moriría de congelación. Siempre había oído decir que la montaña era muy traicionera, sin embargo jamás me había visto en sus garras. Avancé lentamente sin perder de vista el suelo. Saqué el móvil de la mochila, confirmando la funesta sospecha de que no tenía cobertura.
Me vino a la mente el relato “La tormenta de nieve” de Tolstoi, que había leído recientemente. Aquello no era la estepa rusa, pero en esos momentos se parecía bastante. Sin vodka a la vista ni un carruaje que tirara de mis cansados huesos. Ya no había San Bernardos de los que llevaban un tonelillo con coñac al cuello y rescataban a los viajeros intrépidos. Mi máxima preocupación era que no me pillara allí la noche. Ahora anochecía demasiado pronto, sobretodo los días nublados. Eso sería mi perdición…
Traté de agilizar el paso, aunque ya no sentía los pies. Lo peor era la incertidumbre de no estar caminando en la dirección adecuada. ¿Y si en lugar de ir hacia el coche me estaba alejando de él? Empezaba a oscurecer. El frío congelaba mis ideas, no podía discernir con claridad. Comprendí entonces que quizás fuera el final. No vinieron a mi mente los momentos más significativos de mi vida en forma de secuencia de fotogramas de película como decían que ocurría… Más bien, me invadió una lucidez insultante. Todos los pensamientos anidados en mi inconsciente afloraron con una fuerza arrolladora. Mis sueños no cumplidos, mis deseos más ocultos, mis deudas pendientes… Ya no había lugar para subterfugios, el plazo se acababa. Solo ahora era consciente del tiempo desperdiciado en tonterías, de los trenes que había dejado escapar y todo aquello que mi natural reserva me había impedido compartir…
No creo que fuera el espíritu de la Navidad que se había adueñado de mí como del Señor Scrooge, sino un simple ajuste de cuentas. Un final de partida imprevisto… Al fin y al cabo, la muerte casi siempre lo es. Si lo pensaba bien no era una mala forma de morir. Sin sufrimiento, casi sin darme cuenta. Mis miembros entumecidos no notarían nada, el corazón dejaría de latir sin más. Se haría el silencio… y el resto era una incógnita que prefería no despejar.
Apenas podía moverme, como Zhivago llegando a Yuriatin después de desertar del ejército. La esperanza era lo último que se perdía, no podía tirar la toalla… Tal vez encontrara un refugio de montaña que como la casa de Lara tuviera la llave bajo un adoquín y las patatas listas para cocer. La literatura era un arma de doble filo, capaz de generarte ilusión cuando no había pilares que la sostuvieran.
Me faltaba el aliento… Tenía los músculos agarrotados y escarcha en el pelo. Mis manos eran dos témpanos de hielo, que aún dentro de los bolsillos cortaban como cuchillos. De pronto, mis sentidos se dispararon. En la lejanía, entre la niebla, parecía brillar una luz. Tal vez fuera tan solo una sugestión, un maldito espejismo producto de mi desesperación. Sin embargo, a medida que me acercaba, podía verla con más nitidez. Unos pasos más y estaría allí… Ahora no tenía dudas, era una construcción de piedra de cuya chimenea salía humo. Toqué en la puerta con toda la fuerza de mis insensibles nudillos. Lo último que recuerdo antes de desplomarme en el suelo fue el sonido de sus goznes, girando.

Un poema para Elora

Aunque hoy cumplas trescientos treinta y seis meses la matusalénica edad no se te
nota cuando en el instante en que vencen los crueles entrás a averiguar la alegría
del mundoy mucho menos todavía se te nota cuando volás gaviotamente sobre las
fobiaso desarbolás los nudosos rencores
buena edad para cambiar estatutos y
horóscopos para que tu manantial mane amor sin miseria para que te enfrentes al
espejo que exige y pienses que estás linda y estés linda
casi no vale la pena
desearte júbilos y lealtades ya que te van a rodear como ángeles o veleros
es obvio y comprensibleque las manzanas y los jazmines y los cuidadores de autos y
los ciclistasy las hijas de los villeros y los cachorros extraviados y los
bichitos de san antonio y las cajas de fósforo te consideren una de los
suyos
de modo que desearte un feliz cumpleaños podría ser tan injusto con tus
felices cumpledías acordate de esta ley de tu vidas si hace algún tiempo fuiste
desgraciada eso también ayuda a que hoy se afirme tu bienaventuranza
de todos
modos para vos no es novedad que el mundo y yote queremos de veras pero yo siempre un poquito más que el mundo.

Como siempre. MARIO BENEDETTI


Le tomo prestados estos versos que hoy me parecen tan oportunos para ti al gran Benedetti.
No puedo ni quiero dejar pasar este día tan especial sin desearte lo mejor de lo mejor… Porque te lo mereces. Porque aunque tus obligaciones te “secuestren” de vez en cuando siempre estás donde están las buenas amigas, con una palabra amable en los labios. Porque te ganaste mi cariño hace mucho tiempo.
¡Muchísimas felicidades, querida Elo!
Con tu permiso, me gustaría incluír también otro pequeño homenaje...

Oler los libros

Flora también había aprendido el triste arte de “oler” los libros sin necesidad
de leerlos, y ahora, cada vez que su perspicaz mirada descubría una frase en la
que aparecían expresiones como “avanzado estado de gravidez”, “sudores”,
“gritos” o “doseles”, simplemente devolvía el libro a la estantería y renunciaba
directamente a su lectura.
Es una cita de “La hija de Robert Poste” de Stella Gibbons, una novela divertidísima aunque critique la literatura romántica inglesa del siglo XIX que tanto me gusta. Al leerla sentí una familiaridad en forma de guiño que me hizo sonreír. Porque en cierto modo conozco ese triste arte de “oler” los libros. Es como un sexto sentido que se desarrolla con las horas de vuelo y te evita lecturas insatisfactorias.
Los libros no solo huelen a tinta, a papel, o a polvo acumulado. Algunos huelen a lágrimas, otros a felicidad, otros a besos… Hay libros que huelen a personas queridas, libros que huelen a recuerdos. Libros que huelen a tesoro escondido revalorizado por la pátina del tiempo y parece que te han estado esperando toda la vida... Otros en cambio desprenden una fragancia que te repele, que te indica que no son para ti.
Me llamó la atención que lo catalogara de triste… me vino a la mente la capacidad olfativa de Grenouille y aquello del látigo para autoflagelarse que decía Capote. Quizás porque ese olfato implica un filtro que discrimina. Y quien no tenga prejuicios a la hora de leer que tire la primera piedra… Solo cuando abrimos la mente encontramos joyitas inesperadas. Seguramente lo triste sería privarnos de ellas. O quizás se refiera a que es un arte menor, aunque yo discrepe. Un arte es un arte, y el de oler los libros me parece precioso…

Un billete de metro

La otra noche, instigada por el frío que cortaba la respiración, metí las manos en los bolsillos de la chaqueta. En uno de ellos palpé un papelajo arrugado. Al sacarlo comprobé que era un viejo billete de metro. Y como en una película, mi mente se llenó de imágenes y sensaciones al más puro estilo proustiano.
Era un día de lluvia, hace ya algunos años. Yo iba en el metro, camino del museo del Louvre. Había estado antes en París, pero por causas ajenas a mi voluntad no lo conocía. No me atrevía a ojear la guía que llevaba en las manos para prestar toda mi atención a las estaciones que atravesábamos. Pero el azar quiso que sus ojos se cruzaran con los míos, desconcentrándome por completo. Eran grandes y castaños, enmarcados por espesas pestañas. La piel blanquísima, con las patillas algo más largas de lo normal. El pelo algo rizado en las puntas, y una expresión de duende travieso en la cara. Lo tenía sentado justo enfrente, era imposible esquivar su mirada. Sus labios permanecían estáticos, pero sus ojos me sonreían y algo más…
Me desconcertaba la química que se había establecido entre nosotros. Diez minutos antes ignorábamos la existencia del otro, y sin embargo parecíamos conocernos desde el principio de los tiempos. Manteníamos un diálogo mudo tan elocuente como frustrante. Tenía la sensación de que una sola palabra rompería el encantamiento. Pensé en lo violentas que eran esas situaciones, cuando te gustaría iniciar una conversación y no sabes como. En la broma pesada de que la vida te ponga por delante a alguien con quien sabes que podrías compartir hasta los deseos más ocultos, sin darte opción a que eso suceda.
El húsar –pues se me asemejaba a un húsar napoleónico y así lo bauticé- tenía una existencia más allá de ese vagón, que seguramente incluía a alguien que lo abrazara por las noches. Por no hablar de la barrera idiomática... Mi francés era el justo para saludar, pedir un café o preguntar una dirección.
A medida que avanzábamos me hostigaba más el temor a la inminente separación. Mi parada estaba a punto de llegar. Allí acabaría todo, teñido por la nostalgia que se siente al despertar de un bonito sueño.
Me puse de pie con el tiempo suficiente para hacerlo reaccionar. Por un momento se apoderó de mí la absurda creencia de que me seguiría. Alucinada, lo vi levantarse sin dejar de mirarme. Con una naturalidad pasmosa me tomó la mano y se la llevó a la boca, depositando sobre ella un suave beso. Después encogió los hombros con resignación y me dirigió una sonrisa triste. Ya en el andén me volví, alcanzando a verlo por última vez.

Nota aclaratoria: esta es una historia ficticia, exceptuando el hallazgo del billete. Lo cierto es que ese día fue inolvidable, pero no trascurrió en París.

Querida Violette



Hay belleza en el lirio inmaculado
De majestad emblema,
Hay belleza en el cáliz nacarino
De la blanca azucena,
Hay belleza en la rosa purpurina
Y en el albo reseda,
Hay belleza en la nítida corola
De la nívea camelia,
Hay belleza en el pálido junquillo
Y en la suave diamela,
Hay belleza
en el triste pensamiento
Y no hay flor en la
cual no haya belleza,
Pero hay una que es flor entre las flores
Con ser la más modesta,
Una flor de fragancia incomparable,
Delicada y pequeña,
Una flor que en un lecho de esmeraldas
Oculta su belleza,
Una flor que un encanto misterioso
En su cáliz encierra,
Un encanto ideal, indefinible
Que no hay flor que contenga,
Una flor para mí como ninguna,
Una flor que se llama ¡la
violeta!
La violeta. Delmira Agustini
Con todo mi cariño para ti, güerilla, que llenas estas playas con tu suave aroma haciendo de ellas un lugar mucho más agradable. Porque destilas magia y poesía, porque eres una campanilla de dulce sonrisa que espolvorea polvo de hada a su paso. Y una AMIGA con mayúsculas, de las que quiero tener cerca toda la vida…
¡Muchas felicidades, preciosa!

domingo, 5 de diciembre de 2010

Las pastillas del amor

Mira que estoy curada de espantos, pero esto es una cantera inagotable… He oído tantos desvaríos que hasta sé que cara poner para no soltar la carcajada.
- ¿Tienen las pastillas del amor? –preguntó una señora.
Mi mente obtusa pensó en Viagra, aunque me parecía una forma demasiado poética de decirlo. Menos mal que me mordí la lengua…
- ¿Las pastillas del amor?
Quizás era algún invento reciente que yo desconocía. Como un filtro en comprimidos, que es más de estos tiempos. Mi cabecita novelera empezó a fabular… Podrían ser para enamorarse, para desenamorarse, o para curar las penas de amor. O mejor aún… un envase tripartito con una de cada. Me acordé de las pastillas para no soñar de Sabina. Esas que de momento no quiero tomar…
Al final la señora consiguió explicarse y supe a lo que se refería: pastillas contra el dolor ajeno. También me sonó a coña, pero resulta que existen, y yo como soy una infiltrada y encima voy solo por las tardes, no me entero de la misa la mitad. En realidad son una iniciativa de Médicos sin fronteras. La cajita trae seis caramelos y cuesta solo un euro, destinado a las enfermedades olvidadas del Tercer Mundo. Además están buenísimos (tú no los tomes, Nanilla, que son de menta).
Para nosotras (mi farma es un matriarcado) ya se han quedado con “las pastillas del amor”. Si alguien quiere, ya sabe donde encontrarlas. Yo voy servida…

Noviembre

Hay una edad, recuérdalo, lector, en la que sonríes vagamente, como si en el
aire flotaran besos; tienes el corazón henchido de una brisa perfumada, la
sangre late acalorada en tus venas, burbujea dentro de ellas como el vino en una
copa de cristal; te despiertas más feliz y más rico que la víspera, más
palpitante, más emocionado; dulces fluidos ascienden y descienden en tu interior
y te recorren deliciosamente con un calor embriagador.
La cita pertenece a “Noviembre”, de Flaubert. Yo diría que más que una edad es un estado emocional. El milagro es que exista alguien capaz de provocarlo. Por muy ficticio, unilateral y efímero que pueda ser, me parece lo más bonito del mundo…
Durante un paseo por el bosque, el protagonista rememora a la primera mujer de su vida. Quizás es excesivo señalar a la prostituta Marie como un boceto de Emma Bovary, pero ya se vislumbra el talento que eclosionaría después.
Hay sensaciones que marcan, momentos inolvidables, y personas a las que idealizamos porque un día nos tocaron el corazón. Ni siquiera el tiempo puede borrar esas huellas… El tiempo es precisamente el único que les da la dimensión correcta. Me gusta la volubilidad de los recuerdos, como van cambiando de color hasta adquirir el definitivo.
No hay duda de que, por la noche, los deseos solitarios se elevan y los sueños
corren a buscarse los unos a los otros. Uno suspira quizás por un alma
desconocida que, a su vez, en otro hemisferio, bajo otro cielo, suspira por
él.
Nunca me he detenido a pensar a donde van esos deseos solitarios que se elevan por la noche, porque creo que solo el hecho de formularlos los dota de sentido. Si encima confluyen, miel sobre hojuelas…
Había, como en los cuentos de hadas, una galería tras otra, donde los diamantes
rutilaban bajo el fulgor centelleante del oro, donde una palabra mágica hace que
las puertas encantadas giren sobre sus goznes y, a medida que avanzamos, la
mirada se zambulle en magníficos paisajes cuyo resplandor nos obliga a sonreír y
a cerrar los ojos.
Una preciosa historia sobre la nostalgia de la juventud perdida, los sueños, la pasión… que Flaubert escribió solo con veinte años. Ya prometía el muchacho…

Ya te vale

Que bestia eres, Patri… esto no se hace. Siempre me he portado bien contigo, y tú me lo pagas así… Una ingrata es lo que eres…
Desde el principio tuvimos buena química. Te confieso que me caíste en gracia, pensé que formaríamos un gran equipo. Nos complementábamos de escándalo. Tú le dabas un sentido a mi vida, y yo te facilitaba la tuya. El binomio perfecto…
Pero hija, la confianza da asco… No es de recibo tirar de la cuerda como tú lo has hecho. Has abusado vilmente de mí, te lo tengo que decir. Últimamente, los dolores me están matando. Estoy al límite de mis fuerzas, y todo por culpa de ese mal vicio que te domina. Así que a ver si te cortas un pelo, bonita. Que esta que está aquí agoniza… Y no es por ser agorera ni vengativa, pero cuando llegué mi fin tú también perderás algo…
Tu estantería.

Leer con luz de luna

Soy complicadita, para qué lo voy a negar a estas alturas… Si el ser humano es contradictorio por naturaleza, a veces creo que en el reparto me ha tocado una dosis mayor que al resto. Y ya sabéis que la lluvia me pone de un divagante insoportable… Por eso cuando tengo una sensación que sé que no es muy normal y alguien la retrata a la perfección me siento un poquito menos bicho raro…
Eso me ha pasado recientemente, leyendo un artículo de Arturito sobre el libro electrónico y lo que representa para los viciosos de la letra impresa. Solo el título, “Leer con luz de luna” me cautivó. Aunque soy revertiana confesa, reconozco que no todos sus artículos me gustan. No es que me moleste su estilo incisivo, sino que a veces trata temas que sinceramente, ni me van ni me vienen. Pero cuando habla de libros empiezo a salivar, que le voy a hacer si soy así de monotemática…
A lo que iba, que ya me estoy dispersando… Cuando este artefacto apareció en el mercado yo blasfemé en arameo. Los habitantes más antiguos de estas playas tal vez recuerden un post en el que lo ponía de vuelta y media. Pero con el tiempo me he ido rindiendo a sus encantos. Aunque siga pensando que jamás podrá sustituir a un libro de verdad y de hecho aún no haya sucumbido a él, considero que para ciertas circunstancias es la caña de España y parte del extranjero. Yo soy de las que viaja con el fondo de la maleta cubierto de libros, lo que no es precisamente práctico…
Por eso cuando Arturito afirma que “en un mundo razonable, la oposición entre el libro de papel y el libro electrónico no debería plantearse nunca. Lo ideal es que el segundo complemente al primero, llevándolo donde aquél no puede llegar”, siento que me ha leído el pensamiento.
Este juguetito me parece un invento útil y atractivo, pero solo circunscrito a un determinado contexto. “Con un libro electrónico, sea El Gatopardo o El perro de Baskerville, no puedo anotar en sus márgenes, subrayar a lápiz, sobarlo con el uso, hacerlo envejecer a mi lado”. Y lo entiendo como si lo hubiera parido, porque aunque suelo tratar bien los libros, me encanta apreciar en ellos esas huellas personales que deja el uso y el paso del tiempo, haciéndolos tuyos.
Pero tampoco creo que haya que satanizar el libro electrónico. “Porque leer no tiene que ver con eso. Me refiero a leer de verdad, en comunión estrecha con algo que educa tu espíritu, que te hace mejor y consciente de ti mismo. Que aporta lucidez, multiplica vidas, consuela del dolor, la soledad y el desamparo, aclara la compleja y turbia condición humana”. Y no sería capaz de expresarlo mejor…
Admito que hace unos meses estuve a pique de un repique, pero me frenó la sensación de ir contra mis principios. Soy una sentimental, lo sé… Aunque no sea comprable a un libro de papel, creo que lo importante es leer, como y donde sea. “El verdadero lector es capaz de seguir haciéndolo a la luz de una vela, de un encendedor, o a la luz de la luna llena reflejada en la arena de un desierto”. Así que nunca digas de esta agua no beberé ni este cura no es mi padre...

Colorido otoñal

Una puerta a la imaginación, en medio del páramo castellano.
No he visto otro Pantocrátor como el de Carrión de los Condes... Parece que se va a incorporar de un momento a otro...
La luz tamizada por las vidrieras convierte la Catedral de León en un lugar mágico.
El grajo volaba a ras de suelo...
El crismón es uno de los símbolos más constantes del Camino de Santiago. Casi acariciado por un rayito furtivo de sol...
Sería fácil sentirse princesa si no fuera un palacio episcopal...
Pereda de Ancares, un lugar para perderse.
Atardecer en un cementerio gallego. Me encanta que rodeen las iglesias como en Inglaterra... Y soy incapaz de resistirme a los juegos de luces y sombras...
El Colegio Mayor Fonseca de Santiago es tan bonito que hasta dan ganas de estudiar...
La mayoría de las fortalezas son menos inexpugnables de lo que parecen...
Combarro, un pueblecito marinero de cuento.
Este relieve me arrancó más de un suspiro...
En la Casa de las Conchas de Salamanca hay una ventana custodiada por angelitos. Me gustaría estar detrás, y ver la vida pasar...

Desavenencias

- Ahí os quedáis tu retoño y tú, que me tenéis hasta los mismísimos…
- ¿Te ha sentado mal la ambrosía, o te ha mordido una hidra?
- A mí me dicen que existe un zorrón como tú y no me lo creo…
- Mira quien fue a hablar, el gigoló del olimpo… que se tira a todo lo que se mueve…
- Le he aguantado al enano viciosillo ese lo que no está en los escritos… Vale que me mangue dinero, que le haya dado mis apellidos, y hasta que se nos meta en la cama y se mee… pero con esto sí que no trago…
- A ver que calumnia te vas a inventar ahora sobre mi chiquitín, que es más tierno que un donuts…
- De tierno tiene lo que yo de feo…
- ¡Ole ahí esa modestia, que no nos falte de ná! Pues que sepas que ya no eres lo que eras, no te lo quería decir…
- Eso que os traéis entre manos es una aberración… Sois unos depravados…
- Necesita cariñito, y quien mejor que yo para dárselo… Que mala memoria tienes, hijo…
- Ya enviaré a alguien a por mis cosas…
- Pero mira que te gusta dramatizar… ¿Dónde vas a estar mejor que aquí, tontolaba? ¿Quién te va a querer como yo?
- Doy una patada y salen cienes…
- Mal jabalí te embista… Cabronazo…

Ciudades

Porque hay ciudades de cuyo nombre, por azares de la historia o felices
asociaciones de ideas, emana una magia autónoma, y puede que la prudencia
aconseje no visitarlas jamás, pues las expectativas que despiertan solo pueden
acabar defraudadas.
Una noche sin luna. DAI SIJIE
Estoy convencida de que es así… pero ¿quién puede resignarse a no pisar jamás una de esas ciudades? ¿a conformarse con la imagen creada en tu mente? Sabemos que la realidad casi siempre decepciona, y sin embargo sucumbimos a la tentación de querer materializar los sueños a pesar del riesgo que conlleva.
He visitado ciudades cuyo nombre emanaba esa magia autónoma, y aunque no puedo decir que todas hayan defraudado mis expectativas, sí alteraron de algún modo el concepto que tenía de ellas. Los detalles imaginados y sin duda idealizados no tenían una réplica exacta… Así que parte de la magia se evaporó sin remedio. Y los recuerdos reales reemplazaron a los fantaseados.
Quizás lo que más impacta es lo inesperado… Lo que las hace inolvidables son un cúmulo de vivencias que por lo general van ligadas a personas concretas. Incluso tu propia ciudad, vista con otros ojos y asociada a ciertas imágenes, parece distinta.
Sigo creyendo eso de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, para que nada enturbie tu recuerdo. La paradoja es que es precisamente a esos lugares a los que más anhelas volver… Porque forman parte de tu memoria sentimental más querida.
Hay ciudades que te resultan familiares aunque no hayas puesto un pie en ellas. A veces las descripciones son tan prolijas y los personajes tan de carne y hueso que se te pidieran juramento no dudarías en afirmar que has estado allí… En Alejandría, en Kioto, en San Petersburgo, en La Habana… Porque conoces sus calles, sus olores, su temperatura… Las has paseado, has contemplado su luna, has sentido su latido. Porque existe un vínculo que te une a sus gentes, y un trocito de tu alma se quedó atrapado en alguno de sus rincones…
Y sabes que si algún día cumples la ilusión de visitarlas ese mundo ficticio puede desaparecer. Porque todo lo que deseas pierde algo cuando lo consigues. Y lo que moldeas a tu gusto con el material del que están compuestos los sueños, es lo más precioso del mundo…

Segunda dosis de misterio

No me resisto a traeros otras citas de “El misterio de la carretera de Sintra” que también me cautivaron:
Hay pensamientos que solo cobran vida en la sombra y en el silencio y que el día apaga y desvanece; otros que no son capaces de surgir más que a la luz del sol.
Mis pensamientos más bonitos llegan de noche, atraídos por la oscuridad. Lejos del mundanal ruido y las prosaicas rutinas, al traspasar el umbral del reino en el que surge la magia. Temerosos de que el primer rayo de luz rompa el encantamiento…
Lo que pasa sencillamente es que siempre, por las noches, al quedarme solo, suelo apuntar las ideas, imágenes y palabras más salientes del día, tanto las que han ido surgiendo dentro de mi cerebro como aquellas que la realidad del vivir me ha ido deparando.
Yo apunto las ideas fugitivas antes de que se me escurran como arena entre los dedos. Pero es al acabar el día, en posesión de esas horas solo mías, cuando tengo la calma necesaria para procesarlas y la mente más predispuesta a que fluyan.
Ya lo dijo el filósofo: “Si el dolor te aflije, haz un poema con él”. Póngase a escribir. Y luego lo quema.
Me veo reflejada como en un espejo… Y me hace gracia, porque quemé literalmente la primera historia que escribí…
Desde que me he puesto a escribir se ha iniciado automáticamente el consuelo, he notado como un trasigo de las penas dentro de mi pecho, desalojando sus oscuros rincones.
Los que nos sacamos las penas poniéndolas por escrito conocemos perfectamente sus efectos terapéuticos. Será porque el papel no juzga ni defrauda, es el confidente perfecto. A veces lo único que necesitas es escuchar el eco de tu voz…
De joven dejé, como tantas mujeres, que las quimeras se bordasen en la larga sarta de mis horas de tedio; me inventé novelas que nacían, alentaban y agonizaban entre dos flores de mi bastidor; soñé aventuras, apasionados dramas, novelescas fugas, todo enroscasda en mi sillón, mirando el fuego de la chimenea.
Sigo dejando que las quimeras se borden a su antojo, que pinten la realidad de otros colores, que me recuerden que hay un lugar en el que la luna es más redonda y las estrellas brillan más, en el que TODO puede pasar…
No, era más bien un impulso nacido de ese reducto ficticio, efímero y literario que habita en el cerebro de todas las mujeres.
Bendito reducto… Sin él probablemente no estaríamos aquí, encadenando palabras y lanzando botellas al mar.