domingo, 5 de diciembre de 2010

Ciudades

Porque hay ciudades de cuyo nombre, por azares de la historia o felices
asociaciones de ideas, emana una magia autónoma, y puede que la prudencia
aconseje no visitarlas jamás, pues las expectativas que despiertan solo pueden
acabar defraudadas.
Una noche sin luna. DAI SIJIE
Estoy convencida de que es así… pero ¿quién puede resignarse a no pisar jamás una de esas ciudades? ¿a conformarse con la imagen creada en tu mente? Sabemos que la realidad casi siempre decepciona, y sin embargo sucumbimos a la tentación de querer materializar los sueños a pesar del riesgo que conlleva.
He visitado ciudades cuyo nombre emanaba esa magia autónoma, y aunque no puedo decir que todas hayan defraudado mis expectativas, sí alteraron de algún modo el concepto que tenía de ellas. Los detalles imaginados y sin duda idealizados no tenían una réplica exacta… Así que parte de la magia se evaporó sin remedio. Y los recuerdos reales reemplazaron a los fantaseados.
Quizás lo que más impacta es lo inesperado… Lo que las hace inolvidables son un cúmulo de vivencias que por lo general van ligadas a personas concretas. Incluso tu propia ciudad, vista con otros ojos y asociada a ciertas imágenes, parece distinta.
Sigo creyendo eso de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, para que nada enturbie tu recuerdo. La paradoja es que es precisamente a esos lugares a los que más anhelas volver… Porque forman parte de tu memoria sentimental más querida.
Hay ciudades que te resultan familiares aunque no hayas puesto un pie en ellas. A veces las descripciones son tan prolijas y los personajes tan de carne y hueso que se te pidieran juramento no dudarías en afirmar que has estado allí… En Alejandría, en Kioto, en San Petersburgo, en La Habana… Porque conoces sus calles, sus olores, su temperatura… Las has paseado, has contemplado su luna, has sentido su latido. Porque existe un vínculo que te une a sus gentes, y un trocito de tu alma se quedó atrapado en alguno de sus rincones…
Y sabes que si algún día cumples la ilusión de visitarlas ese mundo ficticio puede desaparecer. Porque todo lo que deseas pierde algo cuando lo consigues. Y lo que moldeas a tu gusto con el material del que están compuestos los sueños, es lo más precioso del mundo…

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