sábado, 25 de diciembre de 2010

La nevada

El día había amanecido gélido y despejado, típico del invierno granadino. Probablemente si hubiera estado nublado me habría quedado en casa. La lluvia era uno de los escasos fenómenos con la capacidad de paralizarme por completo. En cambio los rayos de sol que se filtraban a través de la ventana de mi cocina mientras preparaba el café y hojeaba el periódico, me incitaron a planear una excursión. Sería un paseo de pocos kilómetros por las inmediaciones del pico Trevenque con el fin de estirar un poco las piernas, respirar aire puro y recoger algunas piñas para la decoración navideña.
Apenas llevaba unos veinte minutos andando cuando el cielo se encapotó. Como tenía un chubasquero decidí continuar. No tardaron en empezar a caer finos copos de nieve. También arreció la ventisca, obligándome a detenerme. No me quedaba otra opción lógica que dar la vuelta. El problema era que apenas veía. Si daba un mal paso podía despeñarme… pero si me quedaba quieta moriría de congelación. Siempre había oído decir que la montaña era muy traicionera, sin embargo jamás me había visto en sus garras. Avancé lentamente sin perder de vista el suelo. Saqué el móvil de la mochila, confirmando la funesta sospecha de que no tenía cobertura.
Me vino a la mente el relato “La tormenta de nieve” de Tolstoi, que había leído recientemente. Aquello no era la estepa rusa, pero en esos momentos se parecía bastante. Sin vodka a la vista ni un carruaje que tirara de mis cansados huesos. Ya no había San Bernardos de los que llevaban un tonelillo con coñac al cuello y rescataban a los viajeros intrépidos. Mi máxima preocupación era que no me pillara allí la noche. Ahora anochecía demasiado pronto, sobretodo los días nublados. Eso sería mi perdición…
Traté de agilizar el paso, aunque ya no sentía los pies. Lo peor era la incertidumbre de no estar caminando en la dirección adecuada. ¿Y si en lugar de ir hacia el coche me estaba alejando de él? Empezaba a oscurecer. El frío congelaba mis ideas, no podía discernir con claridad. Comprendí entonces que quizás fuera el final. No vinieron a mi mente los momentos más significativos de mi vida en forma de secuencia de fotogramas de película como decían que ocurría… Más bien, me invadió una lucidez insultante. Todos los pensamientos anidados en mi inconsciente afloraron con una fuerza arrolladora. Mis sueños no cumplidos, mis deseos más ocultos, mis deudas pendientes… Ya no había lugar para subterfugios, el plazo se acababa. Solo ahora era consciente del tiempo desperdiciado en tonterías, de los trenes que había dejado escapar y todo aquello que mi natural reserva me había impedido compartir…
No creo que fuera el espíritu de la Navidad que se había adueñado de mí como del Señor Scrooge, sino un simple ajuste de cuentas. Un final de partida imprevisto… Al fin y al cabo, la muerte casi siempre lo es. Si lo pensaba bien no era una mala forma de morir. Sin sufrimiento, casi sin darme cuenta. Mis miembros entumecidos no notarían nada, el corazón dejaría de latir sin más. Se haría el silencio… y el resto era una incógnita que prefería no despejar.
Apenas podía moverme, como Zhivago llegando a Yuriatin después de desertar del ejército. La esperanza era lo último que se perdía, no podía tirar la toalla… Tal vez encontrara un refugio de montaña que como la casa de Lara tuviera la llave bajo un adoquín y las patatas listas para cocer. La literatura era un arma de doble filo, capaz de generarte ilusión cuando no había pilares que la sostuvieran.
Me faltaba el aliento… Tenía los músculos agarrotados y escarcha en el pelo. Mis manos eran dos témpanos de hielo, que aún dentro de los bolsillos cortaban como cuchillos. De pronto, mis sentidos se dispararon. En la lejanía, entre la niebla, parecía brillar una luz. Tal vez fuera tan solo una sugestión, un maldito espejismo producto de mi desesperación. Sin embargo, a medida que me acercaba, podía verla con más nitidez. Unos pasos más y estaría allí… Ahora no tenía dudas, era una construcción de piedra de cuya chimenea salía humo. Toqué en la puerta con toda la fuerza de mis insensibles nudillos. Lo último que recuerdo antes de desplomarme en el suelo fue el sonido de sus goznes, girando.

1 comentario:

  1. Mantienes la intriga de principio a fin y eso me encanta. Y también la cantidad de alusiones literarias. ´
    Genial, eres un crack!!

    Mil besos preciosa!

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