sábado, 25 de diciembre de 2010

Oler los libros

Flora también había aprendido el triste arte de “oler” los libros sin necesidad
de leerlos, y ahora, cada vez que su perspicaz mirada descubría una frase en la
que aparecían expresiones como “avanzado estado de gravidez”, “sudores”,
“gritos” o “doseles”, simplemente devolvía el libro a la estantería y renunciaba
directamente a su lectura.
Es una cita de “La hija de Robert Poste” de Stella Gibbons, una novela divertidísima aunque critique la literatura romántica inglesa del siglo XIX que tanto me gusta. Al leerla sentí una familiaridad en forma de guiño que me hizo sonreír. Porque en cierto modo conozco ese triste arte de “oler” los libros. Es como un sexto sentido que se desarrolla con las horas de vuelo y te evita lecturas insatisfactorias.
Los libros no solo huelen a tinta, a papel, o a polvo acumulado. Algunos huelen a lágrimas, otros a felicidad, otros a besos… Hay libros que huelen a personas queridas, libros que huelen a recuerdos. Libros que huelen a tesoro escondido revalorizado por la pátina del tiempo y parece que te han estado esperando toda la vida... Otros en cambio desprenden una fragancia que te repele, que te indica que no son para ti.
Me llamó la atención que lo catalogara de triste… me vino a la mente la capacidad olfativa de Grenouille y aquello del látigo para autoflagelarse que decía Capote. Quizás porque ese olfato implica un filtro que discrimina. Y quien no tenga prejuicios a la hora de leer que tire la primera piedra… Solo cuando abrimos la mente encontramos joyitas inesperadas. Seguramente lo triste sería privarnos de ellas. O quizás se refiera a que es un arte menor, aunque yo discrepe. Un arte es un arte, y el de oler los libros me parece precioso…

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