domingo, 5 de diciembre de 2010

Segunda dosis de misterio

No me resisto a traeros otras citas de “El misterio de la carretera de Sintra” que también me cautivaron:
Hay pensamientos que solo cobran vida en la sombra y en el silencio y que el día apaga y desvanece; otros que no son capaces de surgir más que a la luz del sol.
Mis pensamientos más bonitos llegan de noche, atraídos por la oscuridad. Lejos del mundanal ruido y las prosaicas rutinas, al traspasar el umbral del reino en el que surge la magia. Temerosos de que el primer rayo de luz rompa el encantamiento…
Lo que pasa sencillamente es que siempre, por las noches, al quedarme solo, suelo apuntar las ideas, imágenes y palabras más salientes del día, tanto las que han ido surgiendo dentro de mi cerebro como aquellas que la realidad del vivir me ha ido deparando.
Yo apunto las ideas fugitivas antes de que se me escurran como arena entre los dedos. Pero es al acabar el día, en posesión de esas horas solo mías, cuando tengo la calma necesaria para procesarlas y la mente más predispuesta a que fluyan.
Ya lo dijo el filósofo: “Si el dolor te aflije, haz un poema con él”. Póngase a escribir. Y luego lo quema.
Me veo reflejada como en un espejo… Y me hace gracia, porque quemé literalmente la primera historia que escribí…
Desde que me he puesto a escribir se ha iniciado automáticamente el consuelo, he notado como un trasigo de las penas dentro de mi pecho, desalojando sus oscuros rincones.
Los que nos sacamos las penas poniéndolas por escrito conocemos perfectamente sus efectos terapéuticos. Será porque el papel no juzga ni defrauda, es el confidente perfecto. A veces lo único que necesitas es escuchar el eco de tu voz…
De joven dejé, como tantas mujeres, que las quimeras se bordasen en la larga sarta de mis horas de tedio; me inventé novelas que nacían, alentaban y agonizaban entre dos flores de mi bastidor; soñé aventuras, apasionados dramas, novelescas fugas, todo enroscasda en mi sillón, mirando el fuego de la chimenea.
Sigo dejando que las quimeras se borden a su antojo, que pinten la realidad de otros colores, que me recuerden que hay un lugar en el que la luna es más redonda y las estrellas brillan más, en el que TODO puede pasar…
No, era más bien un impulso nacido de ese reducto ficticio, efímero y literario que habita en el cerebro de todas las mujeres.
Bendito reducto… Sin él probablemente no estaríamos aquí, encadenando palabras y lanzando botellas al mar.

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