sábado, 25 de diciembre de 2010

Un billete de metro

La otra noche, instigada por el frío que cortaba la respiración, metí las manos en los bolsillos de la chaqueta. En uno de ellos palpé un papelajo arrugado. Al sacarlo comprobé que era un viejo billete de metro. Y como en una película, mi mente se llenó de imágenes y sensaciones al más puro estilo proustiano.
Era un día de lluvia, hace ya algunos años. Yo iba en el metro, camino del museo del Louvre. Había estado antes en París, pero por causas ajenas a mi voluntad no lo conocía. No me atrevía a ojear la guía que llevaba en las manos para prestar toda mi atención a las estaciones que atravesábamos. Pero el azar quiso que sus ojos se cruzaran con los míos, desconcentrándome por completo. Eran grandes y castaños, enmarcados por espesas pestañas. La piel blanquísima, con las patillas algo más largas de lo normal. El pelo algo rizado en las puntas, y una expresión de duende travieso en la cara. Lo tenía sentado justo enfrente, era imposible esquivar su mirada. Sus labios permanecían estáticos, pero sus ojos me sonreían y algo más…
Me desconcertaba la química que se había establecido entre nosotros. Diez minutos antes ignorábamos la existencia del otro, y sin embargo parecíamos conocernos desde el principio de los tiempos. Manteníamos un diálogo mudo tan elocuente como frustrante. Tenía la sensación de que una sola palabra rompería el encantamiento. Pensé en lo violentas que eran esas situaciones, cuando te gustaría iniciar una conversación y no sabes como. En la broma pesada de que la vida te ponga por delante a alguien con quien sabes que podrías compartir hasta los deseos más ocultos, sin darte opción a que eso suceda.
El húsar –pues se me asemejaba a un húsar napoleónico y así lo bauticé- tenía una existencia más allá de ese vagón, que seguramente incluía a alguien que lo abrazara por las noches. Por no hablar de la barrera idiomática... Mi francés era el justo para saludar, pedir un café o preguntar una dirección.
A medida que avanzábamos me hostigaba más el temor a la inminente separación. Mi parada estaba a punto de llegar. Allí acabaría todo, teñido por la nostalgia que se siente al despertar de un bonito sueño.
Me puse de pie con el tiempo suficiente para hacerlo reaccionar. Por un momento se apoderó de mí la absurda creencia de que me seguiría. Alucinada, lo vi levantarse sin dejar de mirarme. Con una naturalidad pasmosa me tomó la mano y se la llevó a la boca, depositando sobre ella un suave beso. Después encogió los hombros con resignación y me dirigió una sonrisa triste. Ya en el andén me volví, alcanzando a verlo por última vez.

Nota aclaratoria: esta es una historia ficticia, exceptuando el hallazgo del billete. Lo cierto es que ese día fue inolvidable, pero no trascurrió en París.

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