miércoles, 2 de febrero de 2011

La impaciencia del corazón

Pero hay dos clases de compasión. Una, la débil y sentimental, que en realidad
solo es impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la penosa
emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente
con-pasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la
otra, la única que cuenta, es la desprovista de lo sentimental, pero creativa,
que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación
hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá.
Los libros de Zweig tienen algo adictivo por las cuestiones que plantea y la forma de abordarlas, los dilemas morales, la profundidad psicológica de sus personajes... Me avergüenza reconocer que compré uno sin recordar que ya lo tenía.
Esta historia se me ha colado en el alma. Quizás porque a pesar del daño que causa compadezco al teniente Hoffmiller, atrapado por la compasión que le inspira la invalidez de Edith. Quizás porque también compadezco a Edith, enferma y enamorada de una ilusión…
Ninguna pasión en el mundo se alza más impetuosa y afligida, estéril y
desesperada que la de los hijastros de Dios, quienes solo amando y siendo amados
pueden sentir justificada su existencia terrena.
Esa necesidad de integración escapa al entendimiento de los que estamos en el otro bando, marginando a los "desheredados" todavía más…
- ¿Disuadirla? ¡Disuadirla de qué! ¿Disuadir a una mujer de su pasión? ¿Decirle
que no sienta lo que siente? ¿No amar cuando ama? Sería lo más equivocado y lo
más estúpido que podría hacer. ¿Ha oído decir alguna vez que se pueda combatir
la pasión con la lógica?
Por algo dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones… La culpabilidad y la necesidad de redención pueden ser una trampa mortal. Igual que las mentiras, por muy piadosas que sean. O el dolor ajeno. Pobre Hoffmiller… pobre Edith… víctimas de una broma del destino. ¿Estaría Cupido bajo los efectos del alcohol cuando disparó su flecha?

Intimidades

El acto de escribir le parece “un refugio que nadie más conoce en esta casa
salvo yo misma”. El cuarto, la luz de la vela, la soledad, la escritura, la
hacen sentirse en un arca que flota sobre las aguas de un mundo tan ajeno a ella
como si lo hubiera anegado un diluvio universal.
“Los presentes lejanos”.
Antonio Muñoz Molina

La cita recoge los pensamientos vertidos por Charlotte Brontë en un cuadernito que está expuesto en una vitrina de la Morgan Library de Nueva York. Me parece un privilegio que haya llegado hasta nosotros… pero la hipotética idea de que un diario mío (lleno de tonterías) se expusiera como una reliquia al alcance de cualquiera me produce cuando menos urticaria.
El presente es el tiempo único en el que se conjuga el acto de escribir un
diario.
Toda letra escrita cobra vida y vigencia en el momento en el que se lee. Ciertas reflexiones permiten una recreación precisa del contexto en el que fueron plasmadas, de los reductos del alma que afloraron con ellas.
Me vienen a la mente la Mansfield, la Woolf, Frida, Ana Frank… y lo que pensarían si vieran sus diarios y cartas personales editados. Recuerdo “Posesión”, esa estupenda historia narrada en dos épocas en la que un investigador y una profesora especialistas en literatura inglesa encuentran las cartas de amor de un poeta victoriano, poniendo al descubierto una relación prohibida.
Me encanta tener acceso a esta otra cara de la moneda que desvela las facetas más humanas de un escritor, aunque no deja de plantearme un dilema. Sabemos que todo lo que se pone por escrito puede ser leído por alguien en algún momento, pero eso no da carta blanca a los intereses editoriales ni al cotilleo indiscriminado. El límite lo debería marcar la intencionalidad del autor, creo yo.
Quiero vivir de un modo que pueda trabajar con las manos, el sentimiento y la
cabeza. Quiero un jardín, una casita, la hierba, animales, libros, cuadros,
música. Y que de todo eso, como expresión de todo ello, surja mi escritura.
Son las maravillosas palabras de Katherine Mansfield. Tan personales, que no parecen destinadas a nadie más que a ese confesor mudo que era su cuaderno. En su diario íntimo, Virginia Woolf anotó:
Katherine murió hace una semana (…) Cuando me puse a escribir, me pareció que
escribir no tenía ningún sentido. Katherine no lo leerá. Katherine ya no es mi
rival.
¿Acaso no tiene sentido lo que no lee quien queremos que lo lea? Al menos no el que quisimos darle. A veces esa botella lanzada al mar llega a destinatarios inesperados…

Sobre vicios y virtudes

El valor de los libros es proporcional a lo que podría llamarse su plasticidad,
es decir, su cualidad de ser todas las cosas para todos los hombres, de ser
moldeados de muchas maneras por efecto del impacto con formas frescas de
pensamiento.
La cita es de “El vicio de leer” de Edith Warthon. Un librito minúsculo idéntico a otro que me llegó recientemente por correo y me hizo muchísima ilusión… De esta autora solo había leído “La edad de la inocencia”, una referencia más que válida para interesarme. Además, el título me sedujo…
El lector nato lee de forma tan inconsciente como respira y, para llevar la
analogía un grado más lejos, podría decirse que la lectura tiene tanto de
virtuoso como respirar.
Así lo creo, porque sin la lectura le faltaría algo tan esencial como el oxígeno. Más que una virtud, para el lector nato es una necesidad irreprimible.
La providencia nos proporciona innumerables autores cuya misión obvia consiste
en proteger a la literatura de los estragos de los tontos.
Bendita providencia… Desde luego hay una serie de libros destinados a algo más que a entretener. Quizás más que una cuestión de inteligencia sea de predisposición, de inquietud, de sensibilidad…
Quien lee por tiempos, suele “no tener tiempo para leer”, problema desconocido
para el lector nato cuya lectura forma una corriente continua que fluye por
debajo de todas sus ocupaciones.
Me hace gracia, porque el argumento de la falta de tiempo es demasiado recurrente… Yo diría que este tipo de lector puede disfrutar con la lectura, pero jamás será un vicio para él.
El lector mecánico impide la producción de obras maestras no sólo por el hecho
de requerir que el escritor imaginativo se dedique a los “asuntos refinados”
sino por su propia incapacidad de discernir los “asuntos refinados” en un libro
cualquiera, por maravilloso que éste sea.
Consuela saber que mientras queden lectores natos no se agotará el manantial de obras maestras…
Como suele pasar, este libro me trajo a la mente otro que compré en una feria del libro de Sevilla: “Enfermos del libro. Breviario personal de bibliopatías propias y ajenas”, de Miguel Albero. Alguien llamó mi atención sobre él provocándome no solo una carcajada, sino también el impulso de llevármelo.
Supongo que en unos casos es afición, en otros vicio y en otros bibliopatía. Yo solo sé que no quiero desengancharme…

El perfume de los jardines

En el fondo, de este mundo sólo me gustan unas pocas iglesias, dos o tres
libros, pocos cuadros más, y la luna, siempre que esa brisa de su juventud de
usted me traiga el perfume de los jardines que ya no pueden distinguir mis
cansadas pupilas.
Por el camino de Swann. MARCEL PROUST

Esta historia está narrada de una forma tan sensorial, tan íntima, que te atrapa en cada frase robándole el protagonismo a la acción. “En busca del tiempo perdido” es una de esas obras que despertó mi curiosidad hace muchos años y apunté para leer en algún momento, pero su extensión hizo que este se fuera demorando. Hasta que llegó el detonante oportuno…
Hasta a mí me parece excesivamente escueta esa relación de gustos, pero lo cierto es que me fascina. El que haya escogido unas cuantas iglesias, libros, cuadros y la luna para formar parte de ese olimpo particular me arranca una sonrisa cómplice.
En el fondo yo también tengo unos intereses muy concretos y restringidos, supongo que ya os habréis dado cuenta… Con los años asumes que hay una serie de cosas que se han convertido en imprescindibles para ti. Costumbre, querencia o manía, que más da… Las posturas se van definiendo a lo largo del camino. No sé si es la lucidez de la experiencia, pero vas teniendo más claro que las estrellas en el desierto lo que te acelera el pulso y lo que te deja indiferente.
“Siempre que esa brisa de su juventud de usted me traiga el perfume de los jardines que ya no pueden distinguir mis cansadas pupilas” me parece un requisito maravilloso… porque llegará un día en el que todos necesitaremos esa brisa de juventud que nos recuerde lo bello que hay en la vida, lo que disfrutamos o dejamos pasar de largo pero tal vez estamos a tiempo de recuperar, aunque sea a través de una mirada ajena.

Nieve en el semblante y fuego en el corazón

He vuelto a ver la trágica historia de “Mararía”, una peli que hacía años que no veía por la sencilla razón de que no es fácil de conseguir. Una vez más me trajo preciosos recuerdos de las Islas Canarias, esa tierra con “nieve en el semblante y fuego en el corazón” como el Teide, que un día me enamoró.
El argumento es bastante clásico… En los años 30 Fermín llega destinado de médico a un pueblecito de Lanzarote y queda fascinado por Mararía. Pero poco después aparece un vulcanólogo inglés al que le sucede lo mismo. El viejo drama en el que al menos a uno se le parte el corazón...
El inglés, que es todo un galán, empieza a cortejarla. Y ella se deja, porque lo que más desea es un hombre que la saque de allí. Cuando baila con él poniéndole la mano en el corazón, ya no hay remedio…
Tres son multitud desde que el mundo es mundo, así que Fermín se resigna a lo inevitable. Pero cuando descubre que el inglés piensa abandonarla se le cruzan los cables… Porque aunque no se ha atrevido a decírselo, él la quiere de verdad.
Los amores desgraciados tienen un algo que los inmortaliza, no lo voy a descubrir yo ahora. Me encanta esa forma sin concesiones de mostrar el efecto corrosivo de la pasión, el precio de la belleza y el lastre de los sueños no cumplidos en medio de ese paisaje lunar que parece detenido en el tiempo y el espacio. Por eso es una de las películas en las que reincido. Aunque me haga “de sufrir”.

Lecturas de temporada

Soy bastante aleatoria con mis lecturas, me gusta alternar y leer en cada momento lo que me apetece. Aunque admito que reservo algunos libros para ocasiones especiales. A veces es por motivos puramente prácticos. Los más ligeros son ideales para un trayecto urbano en autobús o un paseo con terraza incluida…
Cuando viajo llevo solo libros muy apetecibles, y preferentemente ambientados en el lugar al que voy. Aunque si el destino es lejano, también necesito referencias locales…
No es que planee mis lecturas según la estación (mi neurosis no llega a ese punto), pero hay libros que me parecen más oportunos en determinados momentos o momentos en los que me apetecen determinado tipo de libros.
Por eso esta Navidad me ha dado por las historias navideñas… Así que además de releer “Canción de Navidad” de Dickens he degustado los cuentos de Navidad de Ray Bradbury y Nabokov. También “La pequeña cerillera” de Andersen, “El árbol de Navidad” de Dostoievski, “Vanka” de Chejov, “El buey y la mula” de Galdós, que son preciosas pero parecen cruelmente diseñadas para provocar la lágrima y ablandar los corazones en tan entrañables fechas. “Una Navidad”, de Capote es una de mis favoritas, y me trajo a la memoria a Collin y ese árbol en el que refugiarse de la intransigencia.
Como dice Marta Rivera de la Cruz, “en ellas se encuentran todos los elementos que la cultura occidental ha identificado con las Navidades a lo largo de la historia: nieve, abetos adornados, buenos augurios, prodigios, sorpresas (gratas o no), villancicos, regalos navideños, banquetes familiares, reuniones de amigos y transformaciones milagrosas donde los malos se convierten en buenos”.
Y soy tan tópica, tan ñoña y tan navideña, que he disfrutado como una enana. Me han faltado “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger y “El método de respiración” de Stephen King, que también me gusta releer en estas fechas, pero es que con tanto ajetreo festivo el tiempo escaseaba…

Dependencia emocional

Afortunadamente todos los años tienen algo maravilloso que permanece inmutable, pues depende tan solo de la voluntad personal. Para los que nos hemos convertido en adictos, está tan integrado en nuestra rutina que seríamos incapaces de desligarlo de ella. Recientemente leí un artículo que lo definía como “dependencia emocional”, y yo diría que es exactamente eso…
Me refiero a las lecturas que me acompañaron en todo momento inspirándome sensaciones preciosas, regalándome frases magistrales, personajes inolvidables e historias que ya habitan en un rinconcito de mi corazón…
Me he emborrachado con Hank, he conocido los engranajes del corazón, me he dejado acunar por el rumor de las olas, me he vuelto a emocionar con dos barrenderas desheredadas, he recorrido en una troika las calles de San Petersburgo, he aspirado el suave perfume que emanan los jardines de Alejandría por la noche, he paseado por el camino de Swann, he aprendido que lo verdadero es un momento de lo falso, me he asomado al malecón de la Habana, he vivido en lo alto de un árbol, he vuelto a sentir el calor húmedo de Lisboa y el olor de una vieja librería londinense…
Y todo eso en un sofá, una cama, un asiento de autobús o una terraza. Viendo llover, escuchando los grillos, a la sombra de una sombrilla o mientras la luna se filtraba por las rendijas. En mi tierra y en otras tierras, en medio del silencio o rodeada de bullicio.
Descubrimientos y reencuentros que han hecho este año más cálido, intenso y estimulante. Pinceladas que han teñido mis días de colores bonitos, dejando un poso indeleble.

Un regalo de Reyes Magos

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo.
Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La
otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el
departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera
fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los
regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus
tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera
pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
Es tiempo de regalos, aunque parezca un slogan del Corte Inglés. En el relato “El regalo de los Reyes Magos” de William Sydney Porter la pobre Delia vende su pelo por un dólar con ochenta y siete centavos para hacerle un regalo a su querido Jim.
Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad —algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim.
La triste ironía es que él regala unas peinetas de carey que ella anhelaba desde hacía tiempo, y ahora no tiene donde ponérselas… Y ella a él una cadena para su reloj… Para el reloj que él ha vendido para comprarle las peinetas…
—Delia —le dijo— olvidémonos de nuestros regalos de Navidad. Son demasiado
hermosos para usarlos en este momento.
Y es que un regalo puede ser mucho más que un obsequio material. Se acierte o no, lo que importa es el gesto. El cariño y la ilusión que ha movido a alguien a tratar de encontrar el regalo perfecto, ese que no existe.
Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
A mí, que me gusta más hacer regalos que recibirlos, este relato me conmueve. Con mis añazos, el día de Reyes sigue siendo muy especial. Sonrío como una niña traviesa al ponerme disfraz de reina maga, hacer compras furtivas y esconder regalos…
Feliz noche de Reyes a todos.