miércoles, 2 de febrero de 2011

Intimidades

El acto de escribir le parece “un refugio que nadie más conoce en esta casa
salvo yo misma”. El cuarto, la luz de la vela, la soledad, la escritura, la
hacen sentirse en un arca que flota sobre las aguas de un mundo tan ajeno a ella
como si lo hubiera anegado un diluvio universal.
“Los presentes lejanos”.
Antonio Muñoz Molina

La cita recoge los pensamientos vertidos por Charlotte Brontë en un cuadernito que está expuesto en una vitrina de la Morgan Library de Nueva York. Me parece un privilegio que haya llegado hasta nosotros… pero la hipotética idea de que un diario mío (lleno de tonterías) se expusiera como una reliquia al alcance de cualquiera me produce cuando menos urticaria.
El presente es el tiempo único en el que se conjuga el acto de escribir un
diario.
Toda letra escrita cobra vida y vigencia en el momento en el que se lee. Ciertas reflexiones permiten una recreación precisa del contexto en el que fueron plasmadas, de los reductos del alma que afloraron con ellas.
Me vienen a la mente la Mansfield, la Woolf, Frida, Ana Frank… y lo que pensarían si vieran sus diarios y cartas personales editados. Recuerdo “Posesión”, esa estupenda historia narrada en dos épocas en la que un investigador y una profesora especialistas en literatura inglesa encuentran las cartas de amor de un poeta victoriano, poniendo al descubierto una relación prohibida.
Me encanta tener acceso a esta otra cara de la moneda que desvela las facetas más humanas de un escritor, aunque no deja de plantearme un dilema. Sabemos que todo lo que se pone por escrito puede ser leído por alguien en algún momento, pero eso no da carta blanca a los intereses editoriales ni al cotilleo indiscriminado. El límite lo debería marcar la intencionalidad del autor, creo yo.
Quiero vivir de un modo que pueda trabajar con las manos, el sentimiento y la
cabeza. Quiero un jardín, una casita, la hierba, animales, libros, cuadros,
música. Y que de todo eso, como expresión de todo ello, surja mi escritura.
Son las maravillosas palabras de Katherine Mansfield. Tan personales, que no parecen destinadas a nadie más que a ese confesor mudo que era su cuaderno. En su diario íntimo, Virginia Woolf anotó:
Katherine murió hace una semana (…) Cuando me puse a escribir, me pareció que
escribir no tenía ningún sentido. Katherine no lo leerá. Katherine ya no es mi
rival.
¿Acaso no tiene sentido lo que no lee quien queremos que lo lea? Al menos no el que quisimos darle. A veces esa botella lanzada al mar llega a destinatarios inesperados…

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