miércoles, 2 de febrero de 2011

Sobre vicios y virtudes

El valor de los libros es proporcional a lo que podría llamarse su plasticidad,
es decir, su cualidad de ser todas las cosas para todos los hombres, de ser
moldeados de muchas maneras por efecto del impacto con formas frescas de
pensamiento.
La cita es de “El vicio de leer” de Edith Warthon. Un librito minúsculo idéntico a otro que me llegó recientemente por correo y me hizo muchísima ilusión… De esta autora solo había leído “La edad de la inocencia”, una referencia más que válida para interesarme. Además, el título me sedujo…
El lector nato lee de forma tan inconsciente como respira y, para llevar la
analogía un grado más lejos, podría decirse que la lectura tiene tanto de
virtuoso como respirar.
Así lo creo, porque sin la lectura le faltaría algo tan esencial como el oxígeno. Más que una virtud, para el lector nato es una necesidad irreprimible.
La providencia nos proporciona innumerables autores cuya misión obvia consiste
en proteger a la literatura de los estragos de los tontos.
Bendita providencia… Desde luego hay una serie de libros destinados a algo más que a entretener. Quizás más que una cuestión de inteligencia sea de predisposición, de inquietud, de sensibilidad…
Quien lee por tiempos, suele “no tener tiempo para leer”, problema desconocido
para el lector nato cuya lectura forma una corriente continua que fluye por
debajo de todas sus ocupaciones.
Me hace gracia, porque el argumento de la falta de tiempo es demasiado recurrente… Yo diría que este tipo de lector puede disfrutar con la lectura, pero jamás será un vicio para él.
El lector mecánico impide la producción de obras maestras no sólo por el hecho
de requerir que el escritor imaginativo se dedique a los “asuntos refinados”
sino por su propia incapacidad de discernir los “asuntos refinados” en un libro
cualquiera, por maravilloso que éste sea.
Consuela saber que mientras queden lectores natos no se agotará el manantial de obras maestras…
Como suele pasar, este libro me trajo a la mente otro que compré en una feria del libro de Sevilla: “Enfermos del libro. Breviario personal de bibliopatías propias y ajenas”, de Miguel Albero. Alguien llamó mi atención sobre él provocándome no solo una carcajada, sino también el impulso de llevármelo.
Supongo que en unos casos es afición, en otros vicio y en otros bibliopatía. Yo solo sé que no quiero desengancharme…

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