lunes, 28 de marzo de 2011

La casa de papel

El mundo de los vivos encierra ya por sí solo bastantes maravillas y misterios; maravillas y misterios que obran por modo tan inexplicable sobre nuestras emociones y nuestra inteligencia, que ello bastaría casi a justificar que pueda concebirse la vida casi como un sortilegio.
“La línea de sombra”. Joseph Conrad. Allí estaba… Tan chiquitillo, mirándome con esos ojitos… Y yo que tengo debilidad por los huerfanitos le dije: ¡vente con mami! Era “La casa de papel”, de Carlos María Domínguez. Un autor del que no había oído hablar jamás… Pero cuando leí la contraportada supe que no me defraudaría. Hay pasajes inolvidables sobre el mundo de la literatura, las bibliotecas y el amor por el libro como objeto. ¿Quién puede resistirse a ese reclamo? Yo no… Tengo que admitir mi debilidad por los libros desconocidos que me hacen creer que alguien los ha puesto en mi camino. Me gustó el título, y ese diseño de la portada en el que una especie de ave rapaz mitológica con cara de mujer y una cabellera como la de Sierva María de los Ángeles de la que surge un tío con un libro rojo.
Cada vez que mi abuela me veía leer en la cama, solía decirme: “Dejá eso, que los libros son peligrosos”. Durante muchos años creí en su ignorancia, pero el tiempo demostró la sensatez de mi abuela alemana.
Me quedo con sus citas, con la pasión compartida que encierran sus páginas, con “La línea de sombra” de Conrad que une a una profesora que murió atropellada “por culpa” de Emily Dickinson y a un bibliófilo uruguayo obsesionado con esa biblioteca condenada a volverse inmanejable, como la memoria...
El baño tenía libros en todas las paredes menos en la ducha, y si no se estropeaban era porque había dejado de bañarse con agua caliente para evitar el vapor.
¡Ay omá que frío! También sonreí ante ese perro chileno que murió indigestado al devorar con furia “Los hermanos Karamazov”, el deseo de recorrer en canoa el río Macondo tras leer “Cien años de soledad”, y tantos lugares comunes…
La imaginé bailar en un patio colonial, a la luz de las velas, una noche tórrida y definitivamente incierta, como suelen ser las noches en México…
Su temor a perder un libro cuyas páginas ya no leeremos pero conservan, en la sonoridad de su título, una antigua y tal vez perdida emoción me trajo a la mente a Víctor Fargas, el bibliófilo portugués de “El club Dumas” obligado a tomar “la decisión de Sophie” y sacrificar algunos de sus tesoros… Me encantó la excentricidad de leer a los franceses del siglo XIX a la luz de las velas, y la manía de no mezclar autores…
No se atrevía a colocar un libro de Borges a lado de García Lorca, por ejemplo… tampoco una obra de Shakespeare junto a otra de Marlow, dadas las insidiosas acusaciones de plagio entre los autores… o ubicar a Vargas Llosa junto a García Márquez.
Quiero vivir en una casa de papel, aunque tenga pesadillas con incendios voraces. Sin duda, los libros cambian el destino de las personas. Y viceversa. Denunciar

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