lunes, 28 de marzo de 2011

Matisse y la Alhambra

El sábado por la mañana subí a la Alhambra para ver la exposición “Matisse y la Alhambra”, que conmemora el centenario del viaje que realizó el pintor francés a Granada en 1910. Así consta en el libro de visitas, donde firmó como cualquier viajero. “Estoy del todo contento de haber visto Granada. La Alhambra es una maravilla. Ahí he sentido mi más grande emoción”, le dice a su mujer en una de las cartas expuestas. Y a mí que un genio de su calibre diga eso, me toca la fibra… Granada vive en sí misma tan prisionera, que solo tiene salida por las estrellas… Me encanta el colorido vivo y su forma de desmaterializar los objetos. Plasma la esencia del fauvismo, su gusto por la escultura y los iconos bizantinos. Admiro esa aparente ingenuidad y la sabiduría que encierra. Esta es "La argelina". “Conversación entre olivos” no puede ser más andaluz… Es que me huele a poesía lorquiana… El campo de olivos se abre y se cierra como un abanico. Sobre el olivar hay un cielo hundido y una lluvia oscura de luceros fríos. “Rincón del estudio”. Os vais a reír, pero además de recordarme a Van Gogh a mí esta estética me parece muy mexicana. Ese sintetismo es portentoso... Los bodegones son una maravilla, pero sin duda me quedo con las odaliscas, su excusa perfecta para pintar desnudos... Están llenas de referencias a la Alhambra. Y es que a Matisse le fascinaba el orientalismo. “La revelación me llegó de Oriente”, confesó en una entrevista realizada en 1947. Preciosa la "Odalisca con pantalón rojo"... También se incluían una serie de dibujos muy esquemáticos, totalmente picassianos, que revelan una historia de influencias mutuas. Además de artes decorativas nazaríes y pinturas de otros artistas afines. Inevitable recordar “La novia de Matisse” de Manuel Vicent… Los colores azules, rojos, verdes, todos golosos, sirven para dotar de una profunda sensualidad a las carnes femeninas, a las playas, a las danzas, pastorales y odaliscas recostadas en divanes africanos, y a la vez su espíritu compone en el alma de cualquier neófito la imagen de un paraíso que es obligado gozar aun sin haberlo merecido.

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