martes, 28 de junio de 2011

El discurso de la Matute


El que no inventa, no vive.
ANA MARÍA MATUTE

No lo leí en su momento… y no porque no me alegrara infinitamente de este Premio Cervantes, sino porque no cayó en mis manos. Por suerte, hace poco alguien me dijo que debía leerlo y me pasó el artículo de “El país”.

Preferiría escribir tres novelas seguidas y veinticinco cuentos, sin respiro, a
tener que pronunciar un discurso por modesto que este sea.
Y ese pánico escénico de la gran escritora me pareció enternecedor… porque transpira humildad, humanidad, honestidad.

Desde aquel día que oí por vez primera la mágica frase: “Érase una vez…” y
conmovió toda mi pequeña vida.
Cuantos nos hemos dejado arrastrar por la magia de un cuento, hasta el punto de desear contar una historia de ficción con trocitos de realidad capaz de emocionar a alguien…

La literatura ha sido el faro salvador de muchas de mis tormentas.
Y sonrío ante esta frase, que parece un espejo de mi alma…

Entonces parecía llenarse de magia la habitación a oscuras de los niños. Niños
asombrados –como cuando en cierta ocasión, vi surgir, al partir un terrón de
azúcar en la oscuridad, una chispita azul-, algo que me reveló que yo sería
escritora o que ya lo era.
Hoy día hay tanto premio chanchullero, que cuesta separar el polvo de la paja. Ya sabemos lo complicado que es hacerse un hueco en el oficio literario, por eso la capacidad de mantenerse y ser consagrado me parece todo un logro. Me encanta cuando se premia la trayectoria de alguien en vida, que es cuando los premios tienen sentido. Y cuando es tan merecido, todavía más.

Si en algún momento se tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas
que trasmiten mis libros, por favor, créanselas. Créanselas porque me las he
inventado.

A pies juntillas, querida Ana María…

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