martes, 28 de junio de 2011

Mis noches cantineras

Entra el gordo Miraflores, sonriente como cada noche. Se aproxima con paso decidido y me dirige el saludo de rigor, antes de ocupar su mesa. Al fondo Pancho y Alicia discuten, seguramente porque ella está hasta ahí mismo de los celos de él, aunque si un día no fuera a esperarla a la salida del trabajo le darían los siete males… Dentro de un rato se comerán a besos y saldrán abrazados. No tardarán en aparecer la Lupe, una belleza ajada con pinta de cabaretera venida a menos, o Rodrigo, que parece un narco pero solo trafica con esos ojos verdes que le han tocado en suerte y ya tiene más que rentabilizados. Cuando le parten el corazón se bebe hasta el agua de los charcos, con una vulnerabilidad en la mirada que jamás imaginarías cuando está sobrio…
La barra es el mejor observatorio… Y no es que me guste meter las narices en la vidas ajenas, sino que una se acaba enterando de todo aunque no quiera. La línea entre cliente y amigo se difumina después de las tres copas, descorriendo las cortinas del alma. Una cantinera debe saber escuchar… ser pródiga en sonrisas e invitaciones. Me gusta mi trabajo, porque contribuye a la felicidad de las personas.
Aquí la gente viene a divertirse, a relajarse, y algunos incluso a desahogarse. Entre estas cuatro paredes no hay prisas ni más malos rollos que los que cada cual se busca… Corre el mejor tequila del mundo y solo suena José Alfredo, Chabela, Vicente Fernández, Negrete, Solís, Infante o Paquita la del Barrio. Quien busque chin chin pun se equivoca de local… Mis parroquianos tampoco quieren intrusos discordantes. Noto como se incomodan cuando alguien pide un refresco o se queja del monotemático repertorio musical.
Y aunque no quieras, pronunciar mi humilde nombre, de cualquier modo, yo te seguiré queriendo…
Hay visitas que alegran la noche. Saben que en mi cantina siempre son bienvenidas, que jamás les faltará una mesa, un tequila, ni mucho un hombro sobre el que apoyarse. La ranilla tequilera, la mejor detective del mundo mundial, la dulce dueña del club de jazz, la diva más cabrona… viejos y muy queridos amigos que con su presencia hacen que esto sea mucho más que un negocio, convirtiendo una simple cantina mexicana en una fábrica de sueños.
El próximo tequila, va por vosotros…

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