martes, 28 de junio de 2011

Nunca olvides que te quiero

Parece ser que a veces se sueña lo que más se desea en el mundo.
Lo primero que me enganchó de este libro fue el título, porque me encantaría decírselo a alguien (aunque en realidad preferiría que no fuera necesario). También me encantó el dibujo de la portada, al estilo burtoniano del de “La mecánica del corazón”.
Madi me trajo a la memoria a Paloma (“La elegancia del erizo”), otra niña de inteligencia y sensibilidad extraordinarias. E incluso a Mick, de “El corazón es un cazador solitario”. Solo alguien como ella podría enfrentarse a una situación como la que le toca vivir…
Me quedo con su amor incondicional por Stanislas, un amor condenado al fracaso pero que se convierte en una tabla de salvación y se fortalece con los años. Al fin y al cabo es más importante lo que se da que lo que se recibe, aunque cueste dar sin esperar recibir en la misma medida. Y a veces, solo a veces, llega a buen puerto.
Tenía la ilusión de que a la larga el amor actuaría por contaminación, como un maravilloso virus que fagocitaría sus dudas para hacer hueco al idilio unificador que yo imaginaba.
Con su cuaderno mágico, en el que se refugia de una realidad hostil… La imaginación como mecanismo de supervivencia…
Porque las cosas puestas en frases es como si fueran menos graves: si se acuestan sobre papel, las angustias que te roen estilo hamster diabólico se transforman en cosas materiales que cuando uno quiere puede romperlas.
Me quedo con las entrañables cartas de su madre, que la mantienen viva a pesar de la incertidumbre… ¿Quién no ha escrito cartas a sabiendas de que nunca llegarían a su destinatario? Y sin que eso le importe lo más mínimo…
Y con la tercera voz, la de ese pobre hombre enamorado que no es consciente del daño que hace… y que me recordó al Ricky de “Átame”.
Al final va a resultar que sí es el amor lo que mueve el mundo… Un libro precioso, degustado en la dirección del sol, entre un mar de nubes de algodón…

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